Rajoy, la mafia, y una buena hostia


Que alguien le parta la cara a un presidente de un gobierno neoliberal, capaz de verter toda la riqueza pública en un ávido sumidero capitalista, entra dentro de lo “normal”. Y entiéndame cuando digo “normal”. No estoy haciendo una consideración positiva sobre el acto violento como la mejor forma de resolver un problema. En absoluto digo esto. Más bien, lo que deben ustedes entender es que en un mundo como el nuestro, donde las personas nos vemos bombardeadas con ingentes cantidades de información aversiva, además de lo que ya nos haya tocado sufrir en carnes propias, la inestabilidad emocional empieza a expresarse como un “ente” cotidiano, donde lo raro es aquel que aún conserve todas sus funciones cognitivas dentro del plano de lo que la patología psicológica considera “estable y normalizado”.

El ambiente social está muy caldeado, y más que se pondrá; todo gracias a una forma de entender el mundo que raya la esquizofrenia. El ser humano ha entrado en un declive comportamental desadaptativo, individualista, egoísta y que se encamina hacia el colapso intraespecie e interespecies. Somos, usando una analogía biológica, un virus extremadamente peligroso, no solo para la supervivencia del nuestro anfitrión (la Tierra), sino también para nosotros mismos (el huésped).

Dicho esto, y sin desviarnos más del eje central, la bofetada al presidente no es en absoluto un asunto de Estado, máxime cuando ha sido un adolescente quién se la ha propinado. Incluso desde el punto de vista anatómico, el hecho en si tiene su por qué, ya que, dentro del desarrollo fisiológico de nuestro encéfalo y las cogniciones consecuentes, el lóbulo frontal (esa cosa que está detrás del hueso de la frente), hasta bien pasado la veintena, no termina de configurarse. Y es precisamente ahí, en ese punto concreto de nuestro sistema nervioso central, dónde tiene lugar la inhibición de la expresión emocional más primaria. Vamos, que el chico ha hecho lo que otros hubiéramos hecho si no fuera porque estamos en un momento distinto de nuestro desarrollo individual como espécimen.

Pero no podemos reducir el asunto a un análisis forense que pecaría de simplista. El presidente del gobierno, el señor Rajoy, y el partido popular, que han sabido aprovechar muy bien el incidente para que los medios dejen de hablar por un tiempo de lo que realmente hay que hablar, esconden otro de los grandes defectos congénitos de nuestra casta política, y es esa extrema arrogancia que les hace imponer sus caprichos al más básico sentido común. Pasó en Kabul, hace muy poquito, y ahora, con consecuencias mucho menos desastrosas, ocurre en un paseo por Pontevedra.

Parece ser que nuestros representantes públicos, a pesar de su nivel de exposición en un mundo con tantos intereses cruzados, se pasan las recomendaciones de los servicios de seguridad por debajo de su santísimo forro gonadal. En el caso de Kabul, el señor embajador es el que decide rutas, dejando a los servicios de seguridad la complicada misión de garantizar lo imposible, ya que no se puede improvisar sobre un terreno tan inestable como un país con toda su estructura social y política desintegrada. Pero claro, ¿cómo va a consentir el señor embajador que un simple funcionario le dé órdenes sobre su agenda de fiestas y comilonas? Aquí, en España, el señor Rajoy decide, con la misma imprudencia, que la campaña la va a hacer en la calle, haciéndose selfies con la peña y charlando de tú a tú…Pues oye, no creo que haya un solo servicio de seguridad que pueda garantizarle a un político que, entre todo el trasiego de personas que circulan en un día cualquiera a una hora cualquiera en una ciudad cualquiera, se les cuele alguien con muchas ganas de darle una buena hostia al susodicho…Ya sabe, de todo hay en el mundo.

Estoy seguro que en las casas de los españoles, las reacciones ante las imágenes del chico metiéndole un gancho al presidente del gobierno fueron de lo más variopintas. Yo mismo, en un primer momento, me descojoné (y creo que en un segundo momento también) Y oye, que en el ámbito personal, pues es incluso “normal”, sobre todo cuando se tiene interioriza la imagen de esta pandilla “pepera” como la de unos saqueadores, delincuentes organizados y mafiosos internacionales que utilizan las instituciones públicas para hacer negocios privados. La sorpresa vino después, con la implementación de la información: Resulta que el atacante no fue un adolescente cabreado con el mundo y con ganas de hacer justicia en plan superhéroe de tebeo, sino que es el hijo de un acusado de corrupción, familia de Rajoy y votante del PP. Además, el chico pertenece a bandas futboleras de la ciudad con tendencias violentas. Mola, ¿verdad? Y mola más cuando escuchas a la caverna mediática intentando vincular el acontecimiento con la extrema izquierda y con el ambiente de crispación provocado por los partidos emergentes, como si fueran incitadores del caos social.

En fin, que todo esto huele a lo mismo que la sede del Partido Popular; a corrupción, a mafia, a ajustes de cuentas entre delincuentes y a manipulación informativa…

Ganitas que llegue el Domingo, coño.

POSDATA: Por cierto; la policía del régimen vuelve a mostrar un nivel de incompetencia tan exasperante que ya cabrea. ¿O prefieren que pensemos que son unos mal intencionados  a sueldo de la mafia? Para saber de que hablo miren este enlace http://www.periodistadigital.com/politica/partidos-politicos/2015/12/16/la-policia-vincula-al-agresor-de-rajoy-con-las-mareas-de-podemos.shtml

Mario López (vocal de Piratas Extremadura)

nos-gobierna-la-mafia

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