De lo que pocos quieren hablar


La xenofobia es el miedo, hostilidad, rechazo u odio al extranjero, con manifestaciones que van desde el rechazo más o menos manifiesto, el desprecio y las amenazas, hasta las agresiones y asesinatos.

Esta definición, en el más amplio sentido de la palabra, describe una patología sin sustentación lógica, que posiblemente haya germinado en la mente del individuo como consecuencia de un lento proceso educativo que difiere con mucho de la realidad social. La influencia de los medios de comunicación y la conveniencia puntual de determinados poderes fácticos, consiguen en gran medida manipular a amplios grupos sociales para convertirlos en enemigos unos de otros. Así empiezan todas las guerras.

Para que un individuo se convierta en una persona que, por sistema, rechaza o teme a todo lo que suene a extranjero, debe, además de sufrir una fuerte influencia educativa en este sentido, estar predispuesto. Hay personas más influenciables que otras por motivos que sería harto aburrido mencionar. Pero sí que podemos, al menos, señalar la necesidad de pertenencia, como eje troncal de la patología _solo que en este caso el individuo ha deformado el mundo que le rodea_ La pertenencia es una necesidad global que está dentro de concepto social de seguridad. Nos sucede a todos. Necesitamos sentirnos identificados con otros seres humanos, ya no solo por un impulso natural de realización, sino también de seguridad. Así que el proceso es simple. Primero se genera el miedo _normalmente influenciado por terceros_ para más tarde buscar a semejantes con la misma patología que te hagan sentir a salvo. Es como el hipocondriaco que habla con otros hipocondriacos para amortiguar la ansiedad que le genera el miedo exagerado a la enfermedad. En este caso es el miedo injustificado e irracional al extranjero.

¿Por qué cuento todo esto? Pues bien; al parecer, en un nuevo intento de desprestigio personal, un representa de PODEMOS MONTIJO (en concreto el señor Luis Darío) me ha calificado como xenófobo. El detonante resultó ser mi crítica políticamente incorrecta a la forma de vida nómada de determinadas comunidades de personas y sus comportamientos ilegales abalados bajo una supuesta y milenaria seudocultura de sospechosa legitimidad.

Este serio problema sociológico suele evitarse. Tanto políticos como ciudadanos de a pie prefieren pasar de largo, haciendo como que ellos no han visto nada. Claro está, siempre que el campamento de los nómadas esté alejado de sus casas.

Yo tengo mi teoría personal sobre el por qué de tanta reticencia cuando se trata de hablar del problema en cuestión. Y digo “teoría personal” porque quiero recalcar la diferencia entre aquellos seres humanos que tienen la costumbre de estar constantemente remarcando en sus textos las reflexiones de terceros para explicar su propio pensamiento, convirtiéndose en meras copias unos de otros, mientras que algunos intentamos, no sin dificultades, convertirnos en piezas algo más originales, con ciertas influencias, pero sin la necesidad de llenar nuestras reflexiones con palabras que no nos pertenecen.

La problemática del Nómada Rumano y Búlgaro es conocida en la parte más occidental de Europa por sus consecuencias. No es un hecho discutible que la forma de vida de estos grupos difiere con mucho de lo que en el continente consideramos como un comportamiento mínimamente aceptable. La liquidaciíon de los derechos fundamentales de los niños, el maltrato, la esclavitud sexual de las adolescentes, la misoginia y el crimen forman parte indisoluble de su idiosincrasia interna. ¿Qué eso es un estereotipo? Lamentablemente, en este caso, no lo es. Pero claro, podemos obviar la realidad e intentar ponerle coto a un problema autoengañándonos o, por el contrario, encararlo tal y como es.

Desde luego es muy fácil etiquetar de xenófobo a cualquiera que plantee esta realidad social. Basta con utilizar un alto grado de demagogia y desconocimiento antropológico para ganarse el respeto de una porción del auditorio.

La xenofobia es un concepto complejo por su naturaleza enfermiza, que no puede ser aplicado de forma indiscriminada. Cuando el señor Luis Darío me llama xenófobo y racista obvia todo mi historial personal y se centra en este caso concreto. Como antes he dicho, es un recurso fácil, intelectualmente barato y rápido. Además suele tener excelentes resultados.

He defendido siempre, y digo siempre, los movimientos internacionales de personas en su fenómeno migratorio, como una necesidad vital del individuo que no puede ser criminalizada. Pretender una migración regulada, en mi opinión, se centra, ante todo, en la creación de bases de datos fiables, fundamentales para el buen funcionamiento de las políticas sociales. La migración debe estar únicamente supeditada a la capacidad de adaptación del sujeto, que tan solo con mostrar las líneas maestras de lo que nosotros llamamos capacidad de convivencia y respeto por el prójimo, voluntad para cumplir con la legalidad establecida, así como una moralidad mínimamente ajustada al entorno, no debería existir inconveniente alguno en su acceso. ¿Qué pasa cuando no encontramos con un problema de inadaptación cronificada? Al parecer, y según el señor Luis Darío, es toda la sociedad receptora, en su conjunto, quién debería agachar la cabeza y permitir un comportamiento agresivo y delictivo de forma perpetua.

Quizá mi oponente político desconozca los innumerables programas y partidas de dinero que Europa ha invertido en intentar que el gitano del Este, nómada por naturaleza, se adapte al entorno. Nunca se ha conseguido. Pero no se adelante, señor Luis Darío; el problema en sí no es su condición de viajero constante, sino las prácticas sociales (o más bien antisociales) que caracterizan sus campamentos. Le guste o no estoy hablando de datos contrastables de difícil discusión.

Entiendo que para usted esto no suponga problema alguno, quizá porque no ha tenido aún la suerte de que las improvisadas tiendas de campaña de estas gentes se instalen frente a la casa de campo que, junto a su novia, utiliza para recogerse y protegerse de la turbulencia capitalista, a pesar de que allí practiquen actividades mercantiles, claro está. Escribir sobre la guerra sin haber estado en ella solo puede considerarse un trabajo de mera ficción. No pretenda dar lecciones de lo que desconoce.

Dicho esto solicitaría encarecidamente que no se volvieran a mezclar conceptos en la discusión en curso. Jamás he sentido rechazo alguno hacia el extranjero. De hecho, cuando he tenido oportunidad, he usado mi tiempo en ayudar para su integración. Tampoco tengo problemas de tolerancia racial. Como emigrante e inmigrante hice buenos amigos rumanos, con los que compartí duras horas de trabajo, dominicanos y africanos, con los que comí, reí y lloré, alemanes para los que trabaje, a los que ayudé y los que me ayudaron… También disfruto de la maravillosa compañía de un sobrino etíope, guapo e inteligente, además de hacer lo posible para aprender nuevos idiomas que me permitan una mejor comunicación con gentes de otros lares. Por tanto me resulta un tanto extraño que un individuo triste y acomodado, que jamás ha salido de su tierra natal, quiera darme instrucciones sobre como relacionarme con mis congéneres. De veras que es poco menos que hilarante.

Incidiendo en esto, tengo una pregunta para el señor Luis Darío, que tan bien reflejado en mí ve a la figura de Adolf Hitler. ¿Qué estaba haciendo usted cuando yo, en mis actividades altruistas con la PAH, me enfrentaba a los directores de las oficinas de banca, exponiendo mi imagen pública y mi futuro económico, con tan solo el objetivo de defender a familias gitanas –entre otras– que estaban a punto de ser desahuciadas? A mi lado tuve a otros compañeros, que ahora también se sientan junto a usted, y de los que sigo estando muy orgulloso. Pero ¿a qué dedicaba su tiempo, señor Luis Darío, mientras todo esto ocurría? ¿Quizá se hinchaba a vinos en el bar, para luego redactar otro de sus tratados seudo-filosóficos infumables? No me hable usted de xenofobia, ni de racismo, ni de relaciones sociales, señor mío. Su capacidad de análisis a este respecto no va más allá de lo que sus ojos de infante perpetuo han podido presenciar. Usted está limitado por su propia pereza. Deje por tanto la imaginación para lo que le fue regalada y empiece a percibir de forma física el mundo que le rodea. ¡Atrévase!

En nuestro planeta global, donde la tendencia es la unión de todas las culturas, como creo que usted reconocerá, es preciso crear una estructura común que nos dicte las normas básicas de convivencia. Si no se hiciera así, correríamos el riesgo de caer en el caos más anárquico como consecuencia directa de la imposición conflictiva de unas culturas sobre otras. Este choque a veces puede ser muy peligroso, debido a interpretaciones antagonistas de lo que está bien o está mal. No es, por tanto, un capricho, sino una cuestión de lógica social el marcar fundamentos éticos y morales comunes.

El problema de los nómadas rumanos y búlgaros es demasiado serio y complejo como para discutirlo en una caseta de pueblo. Las circunstancias que lo envuelven superan con mucho a lo que su escasa experiencia le permite razonar. Por lo tanto voy a dejar aquí el asunto, no sin antes advertirle de que la idiosincrasia de estas personas les impide aceptar, incluso, las rentas básicas de inserción y los programas educativos, como en el pasado quedaron patente con zonas residenciales arrasadas y abandono escolar injustificado, entre otros muchos fracasos del proyecto. Otra cosa es que usted quiera seguir viviendo en un mundo de fantasía, muy alejado del resto de sus vecinos, que en muchos casos han sufrido las consecuencias de todo lo que aquí he expuesto.

Espero, por tanto, se de usted cuenta de que mi problema no radica en la xenofobia ni en el racismo, sino en un rechazo frontal hacia una actitud vital concreta, que en el caso de los nómadas del Este forma parte de su cultura ancestral, a la que, por cierto, no están dispuestos a renunciar. Igual de repugnante me resultan los que usan el dinero del contribuyente para enriquecerse o los que manipulan el sistema financiero para esclavizar sociedades enteras, sin importarme si son de color blanco, negro, naranja o amarillo. No voy a decirle lo que haría con ellos, porque a buen seguro encontraría motivos para llamarme misántropo. Así que, mientras usted fantasea con una realidad antropológica que no existe, yo seguiré enfrentándome al futuro real de España y de Europa.

Y recuerde; no siempre el pobre es el bueno de la historia. Todos tenemos una gran parte de responsabilidad sobre nuestro destino.

 

 

 Mario López

Y en homenaje a la pulsión por el copy-paste de Luís Darío:

Servid cien veces, negaos una, y nadie se acordará más que de vuestra negativa.
Plinio el Joven(62-113) Escritor romano.
Con buenas palabras se puede negociar, pero para engrandecerse se requieren buenas obras.
Lao-tsé(570 aC-490 aC) Filósofo chino.
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