UNA PAZ VIOLENTA


En un conflicto entre dos personas o grupos de personas—con sus distintas variantes—donde se enfrentan intereses opuestos, la violencia ejercida por una de las partes, que no conlleve una respuesta proporcional de la otra, deriva, siempre, en el germen del totalitarismo hacia el que opta por la inacción.
Traslademos esta premisa a la situación de los españoles: Es evidente que existe una violencia estatal contra el ciudadano, que provoca depresión, desesperación, exclusión y muerte. Esta violencia está definida en su máxima expresión con la negación de lo básico.
Ante la circunstancia, el pueblo español tan solo ha respondido con manifestaciones, por lo general pacíficas, con conatos violentos que no pueden, en modo alguno, catalogarse como generalizados. O dicho de otro modo; por ahora solo han muerto los de un lado.
Nos educan para la paz, pero ignoramos que la paz no siempre es posible, y que demasiada paz puede desembocar en totalitarismo.
_bbva_5a079157Si el pueblo español no reacciona, si no ofrece una respuesta acorde al agravio, nos encaminamos hacia un nuevo periodo de oscuridad feudal, donde la mafia plutocrática, los poderes fácticos y las condescendientes fuerzas de seguridad, aplastarán el futuro de toda la nación.
No es posible hablar de una solución amistosa en España siempre y cuando la separación de poderes, que es la única garantía del equilibrio de fuerzas que debe primar en toda democracia, permanezca desaparecida bajo el omnipresente poder absoluto del partido, comprados a su vez por las entidades financieras, que extiende sus tentáculos de codicia sobre cada rincón del país.
Haciendo un símil con la antigua guerra fría entre EEUU y URSS, es conveniente que en una tensa relación de conflicto inminente, el adversario sepa en todo momento que si agrede también será agredido, y con consecuencias igual o incluso más devastadoras. Sin embargo, nuestros sistemas educativos nos han hecho creer que el mundo es un lugar mágico, donde la paz siempre genera más paz. Pero lamentablemente la historia de la humanidad nos demuestra lo contrario: A Hitler no se le habría podido vencer lanzándole flores desde los aviones. ¿O alguno de ustedes piensa lo contrario? La paz es la consecuencia de la ostentación de fuerza, sobre todo en un mundo gobernado por animales codiciosos, deseosos de obtener lo que no es suyo, de explotar a las masas, de vivir bajo el placer inmediato, hedonistas y ridículamente narcisistas. La paz resulta de una consciencia plena de la naturaleza humana. Aunque parece ser que los españoles prefieren seguir viviendo en ese mundo rosa, donde el Estado tiene el remedio para todos los males. No hay compromiso ciudadano. Solo hay miedo, derrota y dolor; el cóctel perfecto para que el totalitarismo se haga con cada mililitro de nuestra sangre.
Algunos dirán que esto es un canto irresponsable a la violencia extrema. Y precisamente esa gente que me acusará de trasnochado incitador al odio es a la que me refiero cuando hablo de la falta de conciencia sobre la naturaleza humana, de la sistémica negación del mundo que habitamos y los monstruos que lo gobiernan.
Yo amo la paz. Sufro terriblemente cuando presencio violencia. Imaginen si me viera obligado a participar de ella. Pero no por ello olvido que vivo en un país donde 7.000 personas mueren al año como consecuencia directa de la pobreza eléctrica, un país donde el 25% de la población apenas tiene para alcanzar los niveles adecuados de vida digna y 3 millones no cobran un solo euro, un país donde trabajar no implica poder ofrecerle a tu familia un entorno humano, donde la vivienda no es un derecho y la sanidad pagada por todos se pretende regalar a tiburones de las finanzas para que hagan con ella el negocio de sus vidas, un país que rescata a la banca mientras que estafa, roba, hunde y delinque sin control, un país que dilapida una buena parte de su producto interior bruto en actividades corruptas, un país que ha decidido recortar la educación de nuestros hijos, menguar la asistencia a los más débiles y castigar a los ancianos que trabajaron y cotizaron durante décadas para mantener este enrarecido sistema del “bienestar”… Vivo en un país extremadamente violento. Y esa violencia mana del Estado y sus secuaces, que saquean nuestra riqueza con excusas tribales incapaces de nadar en otras aguas que no sean las de la ignorancia del pueblo y su pasividad inducida.
insti 20111En todo esto, las fuerzas de seguridad tienen un papel vital: Pretenden hacernos creer que no les queda más remedio que cumplir órdenes, cuando la realidad es bien distinta. Todo agente del orden tiene una prioridad, que es cumplir y hacer cumplir la ley. Sus actos no pueden entrar en conflicto con leyes superiores, a pesar de que se les haya ordenado. En ellos está plantarse y enfrentarse a sus mandos, o por el contrario seguir haciendo lo que hacen, que no es otra cosa que alimentar a sus familias con la sangre de inocentes. Estas fuerzas de seguridad han sido cómplices en el desahucio, la represión y la detención de personas que tan solo pretendían acceder a lo que nuestra Constitución les promete y a lo que la carta de derechos humanos, recogida en esa misma Constitución, refleja como irrenunciable. Esas fuerzas de seguridad se comportan como criminales violentos, priorizando el mantenimiento de su puesto de trabajo mientras acatan cualquier atrocidad impuesta desde las altas esferas del poder. Y eso, señores, es VIOLENCIA, con letras mayúsculas. El Estado la ejerce con toda naturalidad porque nunca obtiene una respuesta proporcional al daño que ocasiona. No hay un equilibrio. La oposición y el sistema judicial no realizan su función. Si fuera así estaríamos hablando de muchos de nuestros políticos acusados por crímenes contra la humanidad, sentados con grilletes y esperando sentencias ejemplarizantes Pero existe un Estatus Quo entre ellos, una vergonzante fusión de intereses mafiosos, que han configurado un Estado cruel, sanguinario y malicioso, al servicio de las multinacionales.
Nuestro país cae poco a poco en las fauces del totalitarismo. Alimentamos sin cesar a una rémora insaciable, que se llama Capitalismo Salvaje. Lo hacemos porque estamos asustados, y además tenemos la esperanza de que a nosotros, de forma individual, se nos arreglen las cosas, que encontremos un buen trabajo o nos toque una maldita primitiva. Cerramos los ojos ante el sufrimiento ajeno. Así se vive mejor. Por lo tanto somos, en parte, muy responsables de todo lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.
Aún existe una posibilidad de que todo esto se solucione sin violencia. Llegarán las elecciones y tendremos la oportunidad de elegir a esa gente que lleva años advirtiendo de la barbarie a la que estamos expuestos, a los que avisamos de la conchabada maniobra neoliberal que capitanean las grandes fuerzas políticas de este país, o por otra parte a revalidarles el poder a los que llevan décadas robándonos. Y mucho me temo que la gente tiene más miedo a un cambio real y profundo, que a seguir como estamos. Os han enseñado a temblar ante cualquiera que hable de nacionalización, de nuevos paradigmas económicos y modificaciones en las pirámides de poder…
Otros tantos me dirán que hay multitud de ejemplos en el mundo que pueden cuestionar este devastador análisis, cuestiones que se han solucionado sin recurrir a la equiparación de fuerzas y la violencia. Muy bien; yo les digo ¿dónde? Por un lado tenemos a los pacifistas Tibetanos, que con sus manos alzadas y sus flores solo han conseguido llegar a la casi aniquilación. O quizá quieran que hablemos del pueblo indio y la revolución pacífica de Gandhi, que lamentablemente no ha dado otros frutos que un país azotado por una pobreza, marginación y esclavitud endémica, de donde las grandes élites se nutren para hacer fortunas y conseguir buenos ingenieros a bajo precio. ¿Prefieren sino a Jesús de Nazaret y el efecto que produjeron sus palabras en un mundo donde la gente, precisamente, se mata en su nombre? Para terminar puedo poneros un ejemplo más cercano, como fue la Transición española. ¡Claro, eso es! Un ejemplo de cambios sin violencia. Pero nuevamente se equivocan. Cuando yo hablo de violencia no me refiero a la necesidad imperiosa de ejecutarla, sino a la amenaza de la violencia. La Transición española no estuvo marcada por la buena voluntad de los fascistas españoles, sino por la amenaza clara y concisa de una élite militar que había ascendido por méritos universitarios —la aviación y la marina— que nada tenían que ver con los psicóticos chusqueros del ejército de tierra, donde no hacía falta especialización alguna para ganarse unos galones. Existió ese grupo militar, afín a las tesis de las revueltas universitarias, que azotaban las calles de Madrid y que puso fecha para el punto y final de los años de dictadura. Si no hubiera sido por la amenaza de una explosión violenta, hoy seguiríamos cantando el “cara al sol” al amanecer.
Como he dicho al principio de este texto, la violencia no es deseable. Pero empíricamente hablando ha quedado más que demostrado que solo se consiguen grandes periodos de paz si las dos partes en conflicto equiparan sus fuerzas. La descompensación de las mismas se traduce, siempre, en el totalitarismo marginador para la parte más débil. Y eso es lo que hoy está pasando en España. El poder político no tiene rival, pues ha absorbido al ejecutivo, legislativo y judicial. Y además el pueblo está sometido a la represión sistemática si se le ocurre alzar la voz por encima del umbral de comodidad de las élites. No existe el equilibrio. No hay consecuencias para los corruptos. Por lo tanto solo nos queda ir al matadero, como los corderos.
A no ser que…
Mario López Sánchez
29 de Marzo de 2014

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