Los días pasan…siempre


Solo la verdad os hará libres

(San Juan)

A los nueve años de edad todos los veranos son hermosos. El sol brilla con más fuerza, las flores lucen colores más intensos, el agua es más limpia, el cielo es más azul. Después creces, y como si alguien borrara un lienzo, las emociones se difuminan a la par que nuestro tiempo en este extraño y dramático Mundo. Dicho de otro modo, morimos lentamente, ahogándonos como un pez al que sacan del agua.

De alguna forma parece que nacemos sabiendo sacarle todo el jugo a la vida. Pero luego, mientras cumplimos años y ganamos experiencia, paradójicamente olvidamos el verdadero sentido de todo esto, y acabamos encerrados en nuestra propia imagen de la realidad, como si voluntariamente nos encerráramos en una caja de cristal aislada del resto del Universo. Nuestras vidas se convierten en anodinas, monótonas y superficiales, preocupados en cómo tener más, ganar más, aparentar más. Malgastamos el tiempo un año tras otro, una década tras otras. Ignoramos la belleza intrínseca de nuestro planeta, de la gente que nos rodea, de la familia… y canjeamos todo esto y sin reparo alguno por apenas unos trozos de metal y ladrillo, por electrodomésticos ultramodernos y casas enormes. Nuestro tiempo vital y toda su magia se convierten en moneda de cambio; largas horas de esfuerzo y trabajo dedicado en no pocas ocasiones a pagar los intereses de multitud de trastos inútiles y baratijas que por mucho que las frotes no dejarán escapar ese genio al que pedirle la felicidad eterna. En raras ocasiones alguno de nosotros se para a pensar mirando hacia atrás, y afortunado es aquel que se da cuenta de la miserable existencia que esconde nuestra forma de vida obsesivamente consumista. Yo aun recuerdo cuando jugaba con palos que me encontraba en el campo; los convertía en barcos y patrulleras que navegaban a toda velocidad por los canalillos. Era feliz. Recuerdo las noches mirando las estrellas, imaginando largos viajes espaciales. Era feliz. Recuerdo las pelotas hechas con bolsas y gomas de cajas de zapato. Era feliz. Recuerdo el mar, las olas, a mi madre cocinando, a mi padre contándome cuentos. Era Feliz. Recuerdo que el Mundo podía ser mucho más simple, mucho más barato, mucho más puro, y que era Feliz allí dentro. Pero luego crecemos, las prioridades cambian, la magia se olvida, el Sistema te atrapa…y entonces estás perdido. Ignoramos aquellas cosas que realmente queríamos hacer cuando éramos niños, nuestras pasiones más profundas, nuestros anhelos, y todo para sucumbir a las exigencias del guion capitalista. Hay que tener éxito, hay que escoger una carrera con salida en el mercado laboral, un trabajo que de pasta, una pareja que guste a tus amigos, ropa de moda, un coche…Todo ha de pasar por la criba social, por el filtro. Aunque nadie te cuenta que más tarde llega la frustración, la apatía y la muerte lenta de nuestra mágica y creativa humanidad.

Escoger nuestra forma de vivir partiendo de una realidad social  inventada por terceros puede destruirte. No hace mucho tiempo leí un interesante artículo en la prensa española que precisamente versaba sobre este asunto, donde el periodista redactaba un resumen sobre los estudios de la experta en cuidados paliativos Bonnie Ware, autora del libro “Los lamentos de los Moribundos”. Bonni describe en su libro los cinco pensamientos y remordimientos que más frecuentemente nos afectan ante la muerte:

 “Me gustaría haber tenido el valor de vivir una vida fiel a mís conceptos y no la vida que otros esperaban de mí”. Ésta es la queja más frecuente. Se trata de personas que no lucharon por cumplir sus sueños porque optaron por hacer lo que los demás le decían. Eligieron lo que creían que “debían hacer” en lugar de lo que querían hacer.

“Me hubiese gustado no haber trabajado tan duro” Afecta más a los varones el no haber disfrutado de más tiempo con la familia y lamentan no haber estado cerca de sus hijos.

“Me hubiera gustado tener el valor suficiente para manifestar mis sentimientos”. Reprimirnos los sentimientos nos puede hacer una existencia mediocre, instalada en el conformismo que impide que nos identifiquemos con nosotros mismos.

“Me hubiese gustado mantenerme en más contacto con mis amigos”. Es el reproche por no haber cuidado las relaciones importantes y la incapacidad de no poder recuperar el tiempo perdido.

“Me gustaría haber sido más feliz” Personas que prefirieron engañarse a sí mismas en lugar de cambiar luchando contra todos los miedos y resistencias. De todos, es el lamento que se expresa con más tristeza.

En definitiva, quiero que entiendan que al final lo único que cuenta no es lo que conseguiste, sino aquello que realmente querías conseguir. Hay una sustancial diferencia, aunque a primera vista pueda no parecerlo.

Nos vamos de este mundo en solitario, con un concepto privado de nosotros mismos y de la importancia y la relevancia de nuestra existencia. Las propiedades, el dinero y el trabajo no te definen. Tampoco te serán de utilidad en el tránsito de la muerte. Nuestra mente está diseñada bajo una impronta pre-establecida. No puedes luchar contra lo que eres, pues al final te pasará una dolorosa factura. Y pensad en algo más. Nada en la naturaleza ocurre por casualidad. Quizá esa necesidad imperiosa de ser fiel a nuestra esencia, apartando incluso a un segundo plano los éxitos o fracasos sociales, guarde algún secreto que repercuta más allá del momento en que todo termina aquí, en nuestro mundo terrenal… O quizá no. El caso es que los estudios de la señora Ware demuestran que cuando nos enfrentamos cara a cara con la Parca todos, sin excepción, nos arrepentimos básicamente de lo mismo; de no haber sido fiel a nuestros mismos.

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