Un relato escrito hace 12 años


El Decodificador del “más allá”
La infancia tiene sus propias maneras de ver,
pensar y sentir;
nada hay más insensato que pretender
sustituirlas por las nuestras.
Jean Jacques Rousseau (1712-1778) Filósofo francés.

Aquel ruido salía de debajo de la cama. Era como un crujido, igual que cuando muerdes una galleta de pan. El pequeño Sebastián, con apenas cinco años, se escondía bajo las sábanas con los ojos muy abiertos. Crujj, crujj… No podía llamar ni a papá ni a mamá. La última vez se enfadaron mucho. _Debajo de la cama no hay nada_ le decían con visible mal humor._ Todas las noches nos haces los mismo y papá y mamá empiezan a estar muy cansados. Duerme de una vez_ Crujjjjjjj, crujj, crujj… ¿Por qué papá y mamá no podían oírlo?, se preguntaba el pequeño Sebastián. Pero el pequeño Sebastián aun ignoraba que el decodificador del “más allá”, deja de funcionar cuando te haces mayor, y que esa era la única razón por la que papá y mamá no podían escuchar el ruido que salía de debajo de la cama, por muy alto que sonase, por muy aterrador que pareciese, papá y mamá ya no lo oían, se les había fundido el decodificador, como le pasa a la mayoría de la gente mayor. El trasto se estropea, no se sabe por qué, y jamás vuelve a encenderse…
Todas las noches el crujido se apoderaba de sus jóvenes oídos, resonando en su cabeza como tambores caníbales. _Viene a por mí, viene a por mí…_ No existía forma alguna de convencer a papá y a mamá de que bajo la cama había algo malo, algo que masticaba huesos y carne de niño, por que de eso se alimentaba, seguro que de eso se alimentaba. Aquella cosa comía niños, seguro…
Puede que el decodificador de Sebastián estuviera funcionando otros cinco años. O puede que diez. Hay adolescentes que aun perciben la señal. Pero son casos muy raros, demasiado raros. Y siempre acaban aislados en una de esas habitaciones con las paredes acolchadas, o sometidos a alienantes tratamientos farmacológicos. Terrible, pero cierto. El decodificador se activa nada más nacer. Todos los niños vienen al mundo con la máquina puesta en marcha, como un cordón umbilical invisible que nos conecta con el otro mundo, aquel de donde venimos y a donde un día volveremos. El decodificador funciona como una de esos aparatos que nos permiten captar la señal de un satélite en los televisores de nuestras casas. Sin el decodificador la pantalla permanece negra, no hay nada, ni imágenes, ni sonidos. Pero cuando el decodificador se enciende, zas, allí están todos los canales, con un montón de series de marcianos, documentales de ciencia ficción y películas de guerras y amores imposibles. De la misma forma funciona el decodificador del “más allá”; cuando nacemos se enciende dentro de nuestra cabecita, y poco a poco, mientras crecemos y el mundo terrestre nos intoxica, el decodificador pierde la señal. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Pero se apaga, se funde como una bombilla vieja, agotada de tanto iluminar. El decodificador del “más allá” no capta señales de radio y televisión; es un mecanismo biológico muy distinto, más sutil y perfecto, aunque basado en el mismo principio. Capta los pulsos vitales de los seres que habitan en otras dimensiones, en lugares remotos, invisibles a nuestros ojos y nuestros oídos, lugares donde viven las almas de los muertos, lugares donde anidan ángeles, pero también demonios, los trasgos y orcos, los vampiros y hombres lobo, las brujas y los monstruos come huesos; Crujj, crujj…

El decodificador de Sebastián funcionaba a toda pastilla. Había visto a las hadas bailar alrededor del árbol del jardín, a un duende escalando la enredadera, y a un ángel sujetando el bastón de una anciana. Sólo un decodificador tan potente como el de Sebastián podía captar con tanta nitidez las señales del otro mundo. Un gran problema, por que en el más allá no solo viven ángeles y hadas. También habitan los demonios del infierno…
Crujjj, crujjj, crujjj… Sebastián se agarró a las puntas de las sábanas cerrando la cueva tan herméticamente como pudo. El monstruo come huesos estaba bajo la cama. El decodificador le permitía oírlo y, a veces, verlo. Estaba allí, en un mundo paralelo, en otra dimensión, pero ocupando el mismo espacio que ocupaba la cama de Sebastián. Aunque eso él no lo sabía. Sebastián ignoraba que el decodificador tenía potencia para captar señales sonoras y lumínicas, pero muy raramente para abrir una puerta que conectara los dos mundos. En los pocos casos que tal cosa había ocurrido, los más viles seres que habitan el “más allá” habían aprovechado para colarse en la tierra de los vivos, como ellos nos conocen, un lugar lleno de presas fáciles y confiadas.
Crujjj, crujjj, crujjj… Sebastián no podía soportarlo por más tiempo. Papá se enfadaría, lo castigarían otras dos semanas. Pero estaba aterrado. _ ¡PAPA, PAPAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!_
Un hombre corpulento, moreno y con un pantalón de pijama a rayas entro en la habitación con el corazón agitado. Encontró a su hijo agazapado bajo las sábanas.
_¿Otra vez, Sebastián?_
_Papá, papá…_ Sebastián se abalanzó a los brazos del hombre moreno y corpulento. Se agarro a su cuello tan fuerte como pudo.
_ Venga, no pasa nada_
Carlos, aunque enfadado, se conmovió por el terror descontrolado que manaba los ojos de su hijo.
_No es nada Sebastián, no es nada. ¿Dime que te pasa?_
_De-de-debajo de la cama…_ consiguió decir entre sollozos.
_Mira, Sebastián. Voy a hacer por tí una cosa. Voy a asomarme bajo la cama y si encuentro algo lo mataré y lo sacaré de ahí a rastras, ¿vale?_
Sebastián miró a su padre apunto de explotar en lágrimas.
_Me da mucho miedo, papá. El “come huesos” y es muy, muy malo…_
Carlos lanzó una sonrisa tranquilizadora a su hijo mientras recordó los años de su propia infancia, cuando él mismo creía que en la lámpara de su habitación vivían pequeños seres que taladraban las bombillas para fundirlas, y que luego se metían en las radios y los televisores para estropearlos. Cosas de niños. A Carlos, por entonces, tampoco lo creyó su padre, aunque a él como a su hijo ahora, los duendecillos malvados le parecieron muy reales. Tanto que si hacía un poco de fuerza aun podía verles las orejas puntiagudas, los diminutos dientes podridos y los minúsculos pantalones raídos. Carlos se sorprendió de la claridad del recuerdo, pero como todos los adultos sabía que las fantasías infantiles pueden parecer muy reales, y no le dio más importancia.
_ Bueno hijo, a ver, siéntate en la cama mientras yo me agacho a buscar a ese “come huesos”._ dijo mientras que el pequeño Sebastián se soltaba de su cuello. _Voy a quitarme la zapatilla y mataré a ese bicho “come huesos” a zapatillazos, ya verás._
Carlos se agachó. Sebastián no se atrevía a mirar.
Bajo la cama no había nada. Carlos no veía ni oía nada. Su decodificador estaba apagado. Pero el de Sebastián seguía encendido, y cada vez funcionaba con mayor intensidad. El miedo estaba poniéndolo a la máxima potencia, estaba sobre excitando toda la delicada maquinaria biológica que lo compone.
_Hijo, no veo al “come huesos”_ dijo Carlos desde las profundidades de la cama.
Sebastián seguía oyéndolo; crujjj, cruuuuujjjjjj… Demasiado miedo, Sebastián se manchó los pantalones, el decodificador estaba “a tope”, justo al límite de su capacidad de funcionamiento, esa rara excepción cuando el mecanismo, antes de romperse para siempre, consigue abrir la puerta que une los dos mundos, el de los vivos y el extraño mundo del “más allá”:
Fue como un devastador impulso eléctrico, brillante y abrasador, tan potente que quemó las minúsculas partículas de polvo que flotaban frente a la nariz de Carlos. Parecía pequeñas estrellas fugaces cayendo sobre el suelo de madera de la habitación. El impulso eléctrico abrió un agujero oscuro, un remolino fantasmal suspendido en el aire.
Crujjj, crujjj, crujjjj…
_Dios mío, ¿que demonios es…?_
Sebastián corrió afuera de la habitación. Tenía que avisar a mamá. Por un momento miró atrás. Aunque solo era un niño quería asegurarse de que todo lo que estaba pasando era real. El pijama a rayas de su padre se agitaba bajo la cama. Un chorro de sangre se desparramó por el suelo. El pijama dejó de patalear. Sebastián se desmayó y el decodificador se apagó cerrando para siempre la puerta entre los dos mundos; al menos por ahora.
Carlos había muerto a manos del “come huesos”. Pero eso solo lo sabía el pequeño Sebastián, que creció y pasó los días que restaron a su vida encerrado en una de esas habitaciones acolchadas. 

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