A veces veo imbéciles.


Es un hecho certificado; la subnormalidad y la idiotez cronificada se han apoderado del país. No se si os habéis enterado de ese señor pastor que, cansado de que le saquearan el ganado día sí y día no, se fue a dormir al cobertizo armado con una escopeta. La cosa es que de pronto, en mitad de la noche, un enorme adoquín revienta la ventana y tres encapuchados saltan al interior del recinto. El pastor avisa que está armado y que disparará si no abandonan el lugar. Los tipos hacen caso omiso. El pastor aprieta el gatillo dos veces y fulmina a uno de los asaltantes. Los otros dos, ahora sí, salen por patas. ¿Resultado? Pues que el pastor ha sido detenido y acusado de asesinato. ¡Alucinante! O sea, en este país de zumbaos ultraprogres y superbuenos de la muerte, estás en tu casa tranquilamente, revientan la puerta, o la ventana, o la puta pared, y no puedes ni levantarte de la camilla a defenderte, no sea que le hagas pupa al asaltante. Está claro que nos hemos vuelto todos locos. La privacidad del domicilio no tiene ningún valor en este país de políticos y legisladores chupanardos. Eso sí, hay violadores, criminales sin escrúpulos y chorizos compulsivos con más derechos sociales y mejor cobertura que un trabajador autónomo.

Pues por mí se pueden quedar con las putas playas y la paella. ¿Quién coño quiere vivir en un país donde los requisitos mínimos para vivir bien pasan por desprenderse de toda moralidad, ética, dignidad y honor?

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