Día 27º


Nunca creí que fuera buena idea eso de regalar pasta a los parados de larga duración. Un tipo que ha estado dos años sin dar ni golpe os aseguro que puede estar toda la puta vida, máxime si hablamos de jovencitos de menos de treinta años, sanos y sin otro padecimiento que la pereza crónica. Otro cantar es la pobre gente que con edades críticas, como los cincuenta, se queda en la calle. Por eso siempre he dicho que el gobierno tendría que ser mucho más quirúrgico en el reparto de los fondos sociales.
De igual forma, y ya que le ha dado por regalar mandanga a cualquiera que le llore, sería interesante que revisara las estadísticas al respecto de las incidencias de ludopatía y la frecuencia de llamadas masivas a las líneas de tarot con relación al estrato social. En un porcentaje alarmante, las personas más afectada son precisamente las receptoras de estas ayudas Estatales de último recurso, por lo que sería correcto decir que los 450 euros de Zapatero han servido para hacer un poco más rico a los mayoristas de juegos de azar y a las empresas de servicios telefónicos de tarot y adivinación.
Ya lo dijo Jesús:” No le des el pez al hambriento. Mejor enséñale a pescar”. Pero claro, en España el hambriento está gordo y lo que tiene son más vicios que una tomatera. Y no hablo solo de los parados de larga duración, sino también de los Bancos y Grandes Corporaciones, que han recibido igualmente el beneplácito del dinero regalado cuando hubiera sido mucho más efectivo para la economía global dejar que se hundieran bajo su propio peso.
Hay personas que piensan que no, que si los bancos se hunden no hundimos el resto. Perdonadme si discrepo. La Banca, en cuestión, no representa más que el consumo sobre-elevado. Una forma de crear riqueza basada en el valor especulativo, y no en el valor específico. Tampoco me equivoco si digo que la banca, al fin y al cabo, ha abandonado a su suerte a la pequeña empresa, que sustenta las bases capitalistas de cualquier Estado Occidental. Qué más da, pues, si las entidades crediticias quiebran. Al fin y al cabo ya no están prestando dinero. Su existencia es puramente testimonial y en muchos casos un lastre, más que una ayuda. ¡Cuantas familias se habrían alegrado de quedarse sin hipoteca! ¡Cuantos negocios habría reflotado al ver sus créditos y pólizas extintas por quiebra de la entidad prestataria!
Habría mucho que analizar al respecto de los pros y los contras de una caida masiva de la banca. Mientras tanto las arcas del Estado se vacían, y los bolsillos de los muy ricos se llenan.
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